– Lo siento.
Esas palabras salieron de
mi boca como si no fuese yo quien las estuviera pronunciando. Eran dedos, dedos
alargados, afilados, con uñas felinas que se clavaban en las paredes de mi
garganta mientras trepaban. Si no hubiera sido un camino en vertical, el “lo
siento” hubiera reptado, como una vil serpiente.
Y después de todo, ahí
estaban, ocho letras que parecía que mi cuerpo estaba vomitando. No eran de
consuelo, no eran un aliento, ni siquiera parecía que debieran estar ahí. Eran
repulsivas, denigrantes, producto de una fealdad social que se iba creando a mi
alrededor al mismo tiempo que en mis entrañas.
– ¿Qué lo sientes?
Su voz tampoco era la suya.
Eran las palabras de una muñeca de porcelana que ha sido arrojada desde lo más
alto de la estantería, y con todas las piezas de su cara esparcidas por el
suelo de madera, aún se atreve a hablar.
Ella no tendría que haber
hablado así. Porque ella, Miranda, MI Miranda, no era, y nunca había sido, una
muñeca, y menos de porcelana. Ella era la reina blanca que gobernaba todas mis
partidas. Esbelta, astuta, fría y cálida al mismo tiempo, con ese porte que sólo
la realeza posee.
Y ahora, ni su voz ni su
rostro le pertenecían. Las ojeras, los arañazos, el cabello desordenado, la
mancha de mermelada en la mejilla, todo estaba sacado de algún cuadro
televisivo. Eso sólo podía ser hecho a propósito, puro maquillaje, engaño. Esa
no era ella, era una actriz, un papel, un personaje.
– ¿Quién te crees que
eres? ¿Quién te crees que eres que con sólo decirme esa mierda de “lo siento”
todo esto va a solucionarse? – sus labios temblaban, y su voz también. Esa
tendencia a que las palabras le salieran raspadas, y que normalmente le daba
carácter a su habla, ahora me asustaba. Parecía que se le iba a quebrar la
garganta de un momento a otro.
Pero tenía razón, esas
ocho letras no iban a cambiar nada en absoluto. Ni siquiera con la excusa de
que sería el principio de dicho cambio. Ya era imposible. ¿Y qué se supone que
uno debe hacer en estos casos? ¿Luchar o huir? ¿Levantar una vez más las armas
o lamerse las heridas?
– Miranda… – di un paso
hacia ella.
– ¡No te me acerques!
Y aquella negativa fue
como una orden inversa. Me paré de súbito, y al segundo siguiente comencé de
nuevo mi marcha. Ella retrocedía, caminaba hacia atrás, interponiendo los
muebles entre nosotros, alzando su voz rota para amenazarme, pero hice caso
omiso a todo aquello.
Alargué la mano y agarré
su brazo con fuerza, atrayéndola hacia mí en un amago de abrazarla. Pero
Miranda seguía resistiéndose. Gritaba, arañaba, no dejaba de moverse, y yo
simplemente me aferraba a su cuerpo como un naufrago a su tabla salvavidas.
Porque eso es lo que
siempre fue Miranda, mi salvavidas, la roca a la que sujetarme, la luz entre
las tinieblas, la señal que me indica el camino a casa. Pero había roto todo
aquello, había destrozado cualquier significado o lazo que nos pudiera unir. No
a posta, jamás. Pero los monstruos nunca descansan, y no me refiero a los que
se esconden debajo de la cama, si no a los que dormitan en tu interior, esos
que muerden el alma y arañan la mente. Los que te implantan sin que te des
cuenta y cuando menos te lo esperas te devoran por dentro.
Intenté besarla, primero
en los labios, y después preferí conformarme con cualquier tramo de piel que
tuviera a la vista. Necesitaba sentir la textura de su carne contra mi boca una
vez más antes de tirarlo todo por la borda. Y aunque sabía de antemano que no
merecía tal acto, que Miranda no me dejaría llevarlo a cabo, que el dolor que
ambos nos habíamos infringido (sobre todo el que yo había causado) era el muro
que se impondría entre su piel y mis labios, lo intenté con todas mis fuerzas.
– ¡BASTA!
Por fin logró zafarse de
mi agarre y me empujó lejos de ella, estampándome contra la pared contraria. Mi
cabeza chocó contra una balda superior, que colmada de libros me tiró algunos
encima, y fue ese golpe el que nubló todo de mi vista por unos instantes. En
esos segundos de negrura aparecieron ante mí una serie de diapositivas en las
que mi mente me echaba en cara todo lo que había sucedido para que llegásemos a
este punto. Y lo gracioso es que el principio de todo era tan tonto, tan nimio,
que no llegaba a concebir como eso pudo ser lo que ocasionó que tantos años
después mi vida se estuviera cayendo por el precipicio ante mis propios actos.
La infancia nos marca sin
que nos demos cuenta, y esa es el suelo que pisamos en la madurez. Si es lisa
nos será más fácil avanzar, pero si es abrupta habrá tropiezos y caídas. Y,
tristemente, en muchas de ellas, nos llevamos a los seres que amamos por
delante.
Fijé mis ojos en los suyos
incluso antes de que recobrara la visión, y como lo supuse, Miranda me miraba.
Dolida, angustiada, hastiada, agotada.
– Te amo.
Aunque al mismo tiempo que
esas palabras brotaban de mis labios una sonrisa se dibujó en mi rostro, fue el
tapón que tenía que levantar para que diera rienda suelta a mi llanto. Primero
unas lágrimas indiscretas, que casi ni humedecen, pero que poco a poco van
dejando paso a las gruesas, a las que no se pueden controlar, a las que ni los
pañuelos logran secar de tu rostro. Esas que crean caminos de dolor imposibles
de olvidar.
– Yo también te amo,
Elixi.
Esa frase había sido nuestros
cimientos desde que ambos nos habíamos conocido, y creímos que su fuerza sería
tal que nos protegería de mis monstruos. Sería el escudo y la espada, la flecha
y la llama, y tras ella nos esconderíamos abrazados mientras los monstruos se
desvanecían, y así poder ser felices. Íbamos a ser tan felices… Pero ese “yo
también te amo, Elixi” se convirtió en nuestro mayor verdugo.
Las lágrimas me impedían
ver mucho más allá, y su rostro era un borrón lejano. Pero aún así di un paso,
mi último paso hacia Miranda. Mis lloros aún eran silenciosos y simplemente
provocaban que mi pecho dolorido vibrase como si tuviera hipo, pero los de ella
eran bien audibles. Al igual que a mí, nuestras frases habían abierto una
puerta que a la que nadie le gusta reconocer su existencia.
– Ixi, vámonos, aquí nos
somos bien recibidos.
Me giré de golpe, y aún
entre el llanto, pude reconocer perfectamente a mi hermana pequeña, Araika, de
pie como una estatua frente al marco de la puerta. Había olvidado que ella
seguía allí, aguardándome, siendo espectadora de todo aquel circo romano que
estaba llegando a su fin. Su rostro era tan duro y frío como la escultura que
representaba, aunque el temblor en sus manos traicionaba aquella imagen.
Tragué saliva y dejé
escapar un suspiro, una exhalación de aire derrotada, que sólo aquellos
soldados que han vuelto de una guerra que han perdido han sido capaces de
expulsar. No te ayuda a respirar mejor, ni siquiera calma tus nervios, no
regulariza tu respiración, no hace nada más que indicarle a tu cuerpo que has
sido derrotado. Y así el verdadero dolor entra en ti.
Me encaminé hacia Araika,
y fijé mi vista en ella, negándome a contemplar los restos que quedaban del que
creía que podría haber sido mi hogar, mi refugio, el lugar entre las sábanas
donde tu madre te arropa y te sientes a salvo.
– ¡Tú eres el peor y más
cruel de todos sus monstruos!
La voz de Miranda me paró
de golpe, congelando mis pies en la madera, a escasos centímetros de reunirme
con mi hermana. Creía que ya había tenido suficiente, que ambos nos merecíamos
ese descanso doloroso, aunque simplemente fuera para que dejáramos de empapar
el suelo con la sangre que brotaba de nuestros corazones heridos. Pero su voz,
con un eco lejano de la reina blanca que había sido, retronó a nuestro alrededor.
Una acusación que no iba
dirigida hacia mí, pero que se clavó en mi cuerpo como una daga afilada.
– Yo soy el único al que
nunca hará desparecer.
Primero vi como los labios
de mi hermana se separaban, y poco a poco iban dando la forma de cada una de
esas letras, lentamente, dándose el tiempo necesario para formar las palabras
debidamente y de una en una. El mensaje debía quedar claro de una vez por
todas. Pero yo no lo escuché, o al menos no cuando éste fue pronunciado. Esa
última bala la guerra no llegó a mí, no se enterró a través de los oídos en mi
cabeza hasta segundos más tarde, cuando ya me encontraba con la puerta de
salida abierta, medio cuerpo fuera, y la mano de Araika entrelazada con la mía.
Sacándome de allí.
Todo a mí alrededor se
desmoronaba, como si mi vida al completo estuviera hecha con fichas de dominó y
un dedo travieso hubiera decidido tirar una para poder observar qué dibujo
formaban tras su caída. La respiración amenazaba con fallarme de un momento a
otro, mis llantos no aguantarían mucho más en silencio, y mi corazón latía de
tal manera, que podía asegurar que al salir del edificio, este caería a mis
pies y algún transeúnte podría pisotearlo sin siquiera fijarse en él.
Pero faltaba la despedida,
esas últimas palabras que se dicen en los adioses que no tienen adiós, la firma
en el tratado que certifica que la guerra ha terminado, aunque ninguno de los
dos bandos sepa a ciencia cierta quién ha ganado.
Me giré de súbito,
sorprendiendo a Araika. Miranda se merecía al menos esas palabras, aunque
fueran simplemente otro “lo siento” inválido, otras ocho letras insignificantes
que no cambiarían nada en absoluto de toda esta (nuestra) devastación.
Pero ella fue más rápida,
y mi boca quedó entreabierta con esa disculpa que murió antes de salir a la
luz.
– ¿Por qué? Elixi, ¿por
qué? ¿Por qué lo destrozas todo de esta manera? ¿Por qué siempre la eliges a
ella en vez de a mí?
Miranda lanzó aquellas
preguntas al aire, con aquella voz que cada vez estaba más lejos de lo que
había sido, totalmente rota, irreparable. Su cuerpo temblaba violentamente a
causa del llanto, y cualquiera podría haber dicho que le estaba dando un
ataque. En ese estado no podría aguantar otro golpe, las heridas no iban a
cerrar, se iba a desmoronar en medio del antiguo campo de batalla en cuestión
de segundos.
Pero Miranda, mi Miranda,
la que había sido mi todo hasta hacía tan poco, se merecía esas respuestas.
Aunque ambos supiéramos que estas nos iban a matar, que el dolor sería tal que
nada en nuestras vidas volvería a ser lo mismo, no podía irme sin decirlo en
voz alta.
– Porque es mi hermana, mi
familia. Mi sangre y la suya son la misma, y se llaman mutuamente.
– ¿Y qué?
– Que mis monstruos se
alimentan de esa sangre.
Aquello sí que era el
final. El público no aplaudió, los actores no salieron a saludar, no se
lanzaron flores al escenario, tan solo dejé caer el telón y me cobijé de nuevo
entre las sombras del teatro vacío, permitiendo que mi mano se apoyara en el
pomo de aquella puerta que nos iba a separar, y la cerrara de golpe.