Corría el año 79 y ese octubre estaba siendo más frío de lo habitual. La
ropa de abrigo había sido utilizada a mediados de septiembre, e incluso
la vendimia tuvo que adelantarse.
Cuatro días antes, unos
terremotos pillaron desprevenidos a los habitantes de Pompeya y sus
alrededores, pero lejos de preocuparse, repararon los daños y siguieron
con sus vidas tranquilas.
Esa mañana se despertó gris, y durante
el resto del día, todo se fue oscureciendo aún más. Una nube casi negra
se elevaba desde el monte, y el aire olía extraño.
Antes de que
pudieran plantearse siquiera el escapar, los gases tóxicos provenientes
de la erupción del Vesubio les mataron a todos, y la lluvia de cenizas
enterró a la ciudad.
La historia nos cuenta que solo un hombre
sobrevivió: Plinio el Joven, que se encontraba en Miseno y pudo
observarlo todo, mandando una carta al historiador Cornelius Tacitus con
todos los detalles del mortal acontecimiento.
Pero realmente, él no fue el único superviviente.
Su nombre era Taltibio.
Procedía
de una antigua familia griega, que amoldándose a los tiempos, vivían en
territorio romano. Aunque jamás dejaron de lado a sus dioses ni sus
costumbres, y por lo tanto, eran temidos y venerados al mismo tiempo.
Desde
pequeño, Taltibio había desarrollado una serie de habilidades que
dejaban anonadados a sus familiares, como el conocimiento de cuando
llovería, de enfermedades venideras, y otros sucesos.
Por ello,
cuando un día, paseando por el campo, se quedó dormido bajo un árbol y
soñó que una gran nube de polvo destruiría su ciudad, supo que no era un
sueño cualquiera y que este se haría realidad.
Pompeya iba a ser aplastada por esa gran montaña, y solo él podría salvar a su familia y vecinos de tal desastre.
Pero
su miedo fue demasiado grande, y lejos de regresar a salvar a su
familia, huyó, alejándose lo más que pudo de aquel brutal volcán.
Semanas más tarde, toda Roma sabía de la destrucción de Pompeya.
Al
principio, la euforia por haberse salvado invadió a Taltibio, pero
conforme pasaban los días, la culpabilidad por no haber salvado ninguna
vida le invadió.
Intentó suicidarse incontables veces, pero de
nuevo, su miedo a la muerte volvió a impedírselo. Entonces comenzó una
vida de flagelaciones y automutilaciones mientras erraba por todo el
Imperio, sintiéndose inmerecedor de tener un hogar.
La culpabilidad carcomía su alma.
Y
fue un día cualquiera, mientras recorría los caminos de su patria,
cuando se dio cuenta de que un pequeño lagarto le seguía. No, no era un
lagarto…
… era la sombra de un lagarto.
Un
pequeño ser con forma de reptil, totalmente negro, traslucido, y que, a
primera vista, solo él podía ver y notar su presencia.
Conforme
pasaba el tiempo, y los daños que se autoinflingía eran peores, este
aumentaba de tamaño. Tenía más detalles, se le podía escuchar moverse
tras él, e incluso, en alguna ocasión, notó su fría piel mientras le
subía por la pierna.
Creyendo que era alguna criatura enviada por
Hades para castigarle, aumentó sus torturas, volviéndose un amasijo de
carne que se movía de ciudad en ciudad, y que madres y tutores prohibían
a sus pupilos que se acercaran a aquel ser lleno de cicatrices
supurantes.
Con esa forma de vida, no es de extrañar que
contrajera infecciones y fiebres, y pronto cayera moribundo en medio de
un campo. Había llegado su hora, y Hades tendría preparada para él una
tortura eterna por haber matado a tantas personas inocentes a causa de
su miedo.
Con lo que no contaba era que una familia de campesinos
que vivían en aquel campo, encontraran su cuerpo maltrecho, y pensando
que era un viajero que había sido atacado por ladrones, le llevaran
hasta su morada y le cuidaran.
Fue aquí, donde la vida, aquella que se estaba consumiendo a pasos agigantados, de Taltibio, diera un giro de 180 grados.
Mientras
agonizaba, pudo ver como ese lagarto yacía a su lado, mirándole, como
un perro que espera a que su amo le dé de comer. Entonces, poco a poco,
las sombras que componían su cuerpo se fueron desvaneciendo,
expandiéndose, hasta crear…
… a un humano.
Un joven, sentado a su lado, le observaba intensamente.
Taltibio,
seguro que eran alucinaciones debido a las curas, cerró los ojos y dejó
que sus propias sombras, esas fieles a Morfeo, le tragaran.
La
pobre familia le cuidó durante semanas, y al término de un mes, ya
estaba lo suficientemente recuperado como para poder seguir su viaje. No
había vuelto a ver a aquel chico, por lo que no le dio importancia, y
tomándose ese capítulo de su vida como una segunda oportunidad de
redimirse por parte de los Dioses, reanudó el camino para encontrar un
sitio donde asentarse.
Todo parecía que iba a mejorar. Llegó
hasta la ciudad más cercana, consiguió trabajo en unas termas, se
estableció en una humilde casa, y realmente pensó que había dejado su
vida anterior atrás.
Hasta que un día, sentado a su mesa, se encontró a aquel chico.
Tras
el susto inicial, intentando controlar su pánico, decidió entablar una
conversación con ese ser, que en efecto, admitió haber sido aquel
lagarto.
Patroklos, nombre que le dio al chico, era una criatura
que había nacido de él, de su culpabilidad. Esta había sido tan
excesiva, que había tenido que mudar a otro cuerpo, dando a luz a esa
sombra con forma de reptil, y conforme más fuerte era ese sentimiento,
esa cosa se alimentaba de ella, adquiriendo forma definida, detalles,
etc… Y así, cuando tuvo suficiente, de la sombra nació el “humano”.
Nadie
podría decir a simple vista que no era una persona más, era sólido como
una, si le cortabas sangraba… Pero seguía manteniendo su esencia como
“sombra”.
Taltibio denominó a Patroklos como Avatar, y a su anterior forma como Melania. Dos seres que el ser humano podía crear… o quizás solo él al poseer esas habilidades tan extrañas de predecir el futuro.
Pero
aquello no era relevante. Lo que había creído que era el comienzo de
una vida nueva, tranquila y honrada, había sido solo el preludio para lo
que verdaderamente había sido perdonado de caer en el Inframundo.
Se traslado hasta la costa, en donde consiguió una pequeña casa en los acantilados. Y allí comenzaron sus investigaciones.
Conseguía a jóvenes en los alrededores, y les sometía a todo tipo de experimentos
para saber cómo funcionaba el alma humana, los sentimientos, las
emociones. ¿Cualquiera podría sacar melanias de él? ¿Y estás eran
controlables? ¿Cuándo se creaban estos seres, era el alma quien se
fracturaba? Por supuesto, su avatar tampoco se quedó
atrás, y vio como su cuerpo fue desmembrado en innumerables ocasiones
para poner a prueba su constitución como otro ser.
Pero los años
pasaron, y como les sucede a todos los seres humanos, la silenciosa
muerte se alzó sobre él. Antes de ver sus estudios completados, Taltibio
murió una noche mientras dormía… junto con la melania de un gato, que
rondaba la casa desde hacía meses.
Patroklos, siguiendo las
instrucciones de su creador, pasó a limpio todas sus investigaciones y
las vendió a los primeros comerciantes que encontró en el puerto.
Todo lo que había descubierto no podía morir junto a él. Debía conocerlo el mundo entero.
Pero todo este conocimiento cayó en el olvido durante años… hasta el siglo XVIII.
Los gemelos Yuuto y Ren Aoibara
habían desempeñado un puesto famoso en su pueblo natal desde que eran
pequeños, ya que nacieron 9 meses exactos tras el suicidio de la joven
pareja de Akane y Yoshihiko, al no permitirles el casarse. Y como bien
dice la leyenda, si unos enamorados se dan muerte juntos, sus almas se
reencarnarán en gemelos.
Como tal, en compensación de la muerte
de los amantes, los hermanos Aoibara fueron tratados con respeto y
admiración desde su nacimiento, y tuvieron privilegios desde muy
pequeños.
Gracias a eso, pudieron acceder a los estudios
superiores, y con sus altas calificaciones, lograron trabajar como
escribas para la propia familia imperial.
Y fue dentro de la gran
mansión imperial cuando, una tarde cualquiera, ambos dieron con una
habitación secreta, que no era nada menos que la biblioteca prohibida.
En
ella se almacenaban todos los escritos provenientes del extranjero, con
sus respectivas traducciones. Allí podías encontrar ensayos sobre
filosofía, matemáticas, religiones extrañas…
Pero lo que a los
gemelos más les llamó la atención, fueron unos pergaminos traídos desde
la antigua Roma, escritos en griego antiguo, donde un tal Taltibio
hablaba sobre la creación de seres a partir de los sentimientos de las personas.
La
transmutación de la sangre, el conocimiento máximo de la energía y
espiritualidad de las cosas, el poder de controlar la magia que fluye
entre todos los seres vivos que habitan en el planeta… No tardaron en
dominar aquellas lecciones, y todo el pueblo les comenzó a admirar y a
venerar como verdaderos dioses. Se les construyó un templo a las afueras
de la ciudad, y se les concedió un rango tan alto como el del mismísimo
emperador.
Pero estaba más que claro que esos estudios estaban
inacabados, que aún faltaba mucho por descubrir. Y en la tranquilidad de
su templo, alejados de las miradas curiosas, y sometidos a la más
estricta concentración, continuaron los experimentos de Taltibio.
Avatares, melanias… y sombras.
Esa fue la recompensa de tantos años de duro trabajo. Unos nuevos seres
de complexión parecida a las melanias, pero que eran su contrario.
Dominaban
el saber máximo sobre las melanias, su creación y vida, y como podían
mutar hasta convertirse en avatares. Eran capaces de crear sombras, y lo
sabían todo acerca del control de la energía en el mundo.
Podrían crear una utopía…
Pero el ser humano es demasiado simple para algo así.
Cuando
quisieron crear una escuela sobre tales conocimientos, la gente se negó
a acudir, alegando que era solo el poder de los Dioses, y cuanto más
insistían, las viejas costumbres les tachaban de demonios. Ya no eran
venerados como al mismo emperador, eran considerados humanos que habían
sido corrompidos por una curiosidad maldita.
Y, como para corroborar tales pensamientos, Ren utilizó a melanias y avatares bajo su control para atacar a la gente del imperio, cometiendo robos, violaciones y asesinatos.
Yuuto, ayudándose de la creación de las sombras, intentó neutralizar a su hermano… hasta su desaparición.
Por
ello, dedicó los últimos años de su vida, para transmitir todo su
conocimiento a sus hijos, con la esperanza de que estos pudieran parar a
su hermano.
Con lo que no contó es que, tras su muerte, su
prole, escondidos de los ojos del mundo, comenzara a crear lo que su
padre y su tío habían querido hacer: una escuela.
Pero
ellos fueron más listos, y en vez de hacerla abierta para todo el
mundo, subidos a la palestra para que pudieran ser criticados, fueron
buscando a sus alumnos en el más completo silencio y sigilo.
Conforme
pasaron los años, la escuela fue creciendo. Al principio solo fue una
parte de Japón, luego el imperio entero, después China y Corea… para
principios del siglo XX, los Creadores de Sombras poblaban el mundo entero en secreto.